sábado, 13 de enero de 2018

DIARIO DE NAVEGACIÓN



Tiempo de tormenta. El viento hace bambolear los mástiles en que se asientan las velas de este barco cada vez más saboteado. La madera cruje y, realmente, esta vez no sabemos si el barco verdaderamente puede zozobrar. Se inclina de costado, se hunde la proa, se levanta la popa… y viceversa mientras yo no se si echarme a nadar o quedarme sujeto a las cuerdas que he agarrado desde el hueco por el que se accede a cubierta. Son sogas en un estado lamentable, pero me hacen avio, me sujetan. No quiero salir - una vez más - de mi camarote, a pesar de que hay voces me insisten en que me mueva y salga. Me convierto en invisible, me escondo, hago como si no oyera… y el caso es que el barco se hunde y resurge a cada minuto como si fuera a incrustarse en las simas oceánicas y, en el último momento, un soplo, surgido de no se sabe que dios menor, lo elevara sobre las olas y yo sigo aquí, sin saber si subir o bajar, permanecer inmóvil o hacer un supremo esfuerzo y trasladarme a la superficie para así, al menos, ver el aire oscuro de la tarde y tratar de encontrar un espacio de esperanza entre las nubes.


1 comentario:

Emilio Porta dijo...


Este texto, como algunos otros de este blog, pertenece a mi libro "La ventana infinita" ( El todo y la nada ) que se publicará, posiblemente, en 2019. Es el tiempo que calculo necesitaré para terminarlo aunque ya está muy avanzado. Un libro que, al igual que el título de este minicapitulo, implica eso, un diario de navegación y reflexión sobre la existencia y que comprehende también elementos narrativos. Antes, en Febrero de este año, se publicará otro libro de pensamientos cortos y reflexiones largas: Contrapensamientos. Aún quedan muchas notas y apuntes en mis cuadernos, en el baúl de Port, que espero vayan saliendo a la luz antes de que dicho baúl temga el mismo destino que el de Pessoa: ser escrutado o tirado junto con mis cenizas al viento de nuestro inexorable destino. Tampoco importa mucho: en los millones de años de la existencia de la Humanidad y del universo, unas líneas más o menos no van a cambiar mucho este juego de luces y sombras en el que nos movemos o nos mueven. Solo existe una vida: la vida pequeñita, nuestra vida pequeñita. Esa que carece de importancia para la infinitud pero es la única que tenemos. No sé si a Dios gracias, eso habría que debatirlo ampliamente. Y sí no que se lo pregunten a tantos y tantos seres humanos que han sido masacrados por la crueldad de la Historia. A tantos que responden al famoso verso de Alan Ginsberg: "He visto a las mejores mentes de mi generación estrelladas contra el asfalto". Esa magnífica metáfora es una abrumadora realidad y se repite siglo tras siglo, año tras año, día tras día. En la absurda dialéctica que nos contiene ni el ser humano solo juega un papel: el de figuración en el gran teatro del mundo, que diría Calderón.